EL OPTIMISMO APRENDIDO

En muchas ocasiones, las misiones que me encomendaban podían resumirse en “Ve y consigue un cambio en la espiral negativa de las personas o equipos”. Creo que es una de las habilidades más decisivas a la hora de conseguir resultados individuales o colectivos. Es comúnmente aceptado que el optimismo tiene efectos positivos en la salud física y psíquica, y que conduce al éxito, del mismo modo que el pesimismo lleva a actitudes derrotistas, pasivas y de aislamiento.

Luthans define el optimismo como “la expectativa generalizada de resultados positivos y/o atribución causal positiva”. Cuando somos optimistas, pensamos que las cosas van a salir bien, o que se han producido porque algo positivo las ha provocado. De alguna manera, y esto se ha comprobado científicamente, está en nuestra naturaleza humana básica. He dirigido equipos que llevaban muchos meses en una espiral de fracaso de la que un director tras otro había intentado salir sin éxito. Al cabo, eso acababa convirtiéndose en algo aceptado; bastaba mirar las expresiones vacías de ambición y confianza de las personas para comprenderlo. El gerente saliente te decía, compungido y aliviado por dejarlo, “ya verás, esto no hay manera de sacarlo adelante” (mientras pensaba “otro más”). Martin Seligman, el más importante estudioso sobre el impacto del optimismo, define esto como “Indefensión aprendida”: al parecer los humanos (y los perros) aprendemos a ser indefensos cuando vivimos hechos hostiles o incontrolables o fatigosos. Lo cual daría ciertas explicaciones sobre la atribución de las causas de la mala suerte, los fracasos, etc.

Sin embargo, queda algo de esperanza. De esos experimentos que relata Seligman, 1/3 de las personas se resistieron a asumir su desgracia, no se dieron por vencidos y pelearon por abandonar ese estado. Recuerdo la sensación de encontrar, en la fase de “reconocimiento de la situación” la típica persona que, en una esquina y tímidamente, te decía “yo creo que haciendo las cosas de otro modo, esto puede funcionar…”. De inmediato, iba a buscar si en sus resultados había alguna mínima esperanza que alimentar. Y sí. Cuando eso sucedía, yo veía la luz. Ahí había alguien que creía posible salir de la espiral “si todo puede salir mal, saldrá mal”.

Y porque al igual que existe la indefensión aprendida, existe el “Optimismo aprendido” (Seligman: “Learned Optimism”, 1998): el aprendizaje social suele obrar milagros, y cuando las personas observamos hechos y resultados positivos en otro individuo, tendemos a aprender cómo obtenerlos. Muchas veces sólo nos falta el ejemplo a seguir. En el fondo y en las formas, en lo que hago y en el cómo lo hago. Por eso es tan gratificante rodearse de personas llenas de confianza. A veces es sólo un embrión de confianza. Pero eso, en según que entornos, es mucho.

Creo que el optimismo en circunstancias negativas es muy valioso. Creo también que en circunstancias positivas es un arma de doble filo. Un presidente del gobierno, entrenador de fútbol, o gerente de empresa optimista, tenderá a descuidar el futuro, pensando que “si algo sale bien, seguirá saliendo bien”, en una especie de autoaprendizaje social. Durante un tiempo me parecía paradójico que Fred Fiedler, en sus teorías de liderazgo de la contingencia (“A Theory of Leadership Effectiveness”, 1967) dijera que en circunstancias positivas de liderazgo había que orientarse a las tareas. Visto la que está cayendo, lo bien que nos iba y lo mal que nos va, tiene toda la lógica… Se trataría de hacer una buena gestión del optimismo, lo que se da en llamar “Optimismo Inteligente”. Es fácil decirlo, de hecho a mí no me sale, yo soy más del “modelo antropológico”. A los buenos acontecimientos les atribuyo causas positivas. A los malos, negativas… o, siempre que puedo, positivas. Esas las busco hasta debajo de las piedras. Qué le voy a hacer…

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