Superar el Miedo al cambio

Ayer me perdí en un mercadillo del sur de Varsovia. Señoras mayores vendían tabaco ruso sobre mesas improvisadas, combatiendo el frío otoñal, quizá pensando que vendrán fríos peores. Se ofertan siete calabacines, tres pimientos y unas cajas de pilas en un puesto callejero. Mucha ropa muy barata. Mantas como las de mi abuela.

Cerca, hay un restaurante vietnamita cuyo interior apenas distingo por el vaho de su fachada de cristal. No entraré, mi valor no da para tanto. Al volver, respiro ese aire helado, diferente, que entra como un cuchillo en mis pulmones. Miro al frente y me extraño de nuevo y adoro extrañarme, lo siento como un regalo de la vida. Me siento hasta gozosamente culpable por aceptarlo.

Es gratificante: mirar alrededor y descubrir nuevos rostros, calles diferentes, paisajes inesperados. Nuevas dimensiones externas que nos colocan a una altura desde donde podemos establecer perspectivas creativas. O destapar esas reflexiones que acechan escondidas en nuestro interior.

Mientras paseo, pienso en que salir de lo conocido es una provocación a nosotros mismos. Con más o menos éxito, vencemos nuestros miedos y nos vemos obligados a avanzar. A veces creemos que es casi una cuestión de supervivencia y quizá por ello nos dé tanto miedo afrontarlo, porque nos estamos jugando un ser o no ser inaceptado, cruel en muchos casos. Es ahí donde nuestra zona de confort nos llama a gritos, nos exige volver al punto de partida, teniendo que tapar nuestros oídos para no atender a semejante urgencia.
Para curar el daño de esas molestas alertas, a veces se presenta ante nosotros el futuro. Pero lamentablemente entendido como un simple aplazamiento de la vuelta atrás. Parece inevitable, añoro el pasado porque un día fue mío. Y así se mezcla lo anterior con lo posible, pero hablando más de aquello. Y sin embargo, el pasado también se construye, somos fruto de nuestras mejores o peores acciones. Paso a paso. Como esta mañana en que mis pies me llevaban inconscientemente por caminos donde los cuervos se afanaban en atrapar las ultimas castañas que quedan en los árboles.

Mejor que el lamento, valorar. Cobrar consciencia de los tesoros que tenemos, sentirlos desde nuestra atalaya recién estrenada. Cambiar, también, nuestro punto de vista haciendo despertar los sentimientos que el confort acostumbra a dejar descansando. Una buena amiga me comentaba, horas después, que ella vive el presente, sin largos plazos, sin hipotecar su cambio. Disfrutando la vivencia y colocando cada sentimiento en su lugar y en su tiempo. Comprendiendo que cualquier nueva situación, al fin y al cabo, no tiene por qué ser de vida o muerte, de cara o cruz.

Llego a casa, no siento los dedos de los pies, maldito frío. Hay días en que cuesta creerlo, pero lo cierto es que nadie más que nosotros tiene la propiedad -y la responsabilidad- de cada decisión tomada o por tomar. Esa es nuestra fortuna.

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