Desperesonalizacion del trabajador

Partimos de la base de que somos personas y de que  trabajamos con personas, pero me queda la duda de si no estaremos “despersonalizando” este mundo en el que nos movemos. No somos máquinas pero hay veces que se nos trata como tales para obtener un beneficio escaso para nosotros y un sacrificio siempre escaso para ellos. ¿Quieren más…quieren más? Si, nos quieren entera y plenamente para ellos. Qué más da si no nos gusta nuestro trabajo. Les pertenecemos. Les pertenece nuestro tiempo y nuestro esfuerzo. No nos desarrollamos profesionalmente ni personalmente pero necesitamos de ellos como ellos de nosotros. Da igual. Hibernamos en nuestra jornada laboral y despertamos al salir de la jaula en la que nos encierran y en la que nos dejamos encerrar.
Desgraciadamente, en muchas ocasiones el mundo laboral nos impone sus formas y nosotros nos adaptamos a ellas. Nos prostituimos, prestamos nuestros servicios a cambio de dinero.
Pero yo tengo unas preguntas: ¿Dónde está el límite?  ¿Hasta donde somos capaces de llegar en el terreno laboral para lograr nuestros objetivos? ¿Nuestros objetivos son siempre económicos? ¿Prevalecen los objetivos económicos sobre los intelectuales y emocionales?  Las respuestas pueden ser amplias y variadas dependiendo de cada uno de nosotros, pero considero que el desarrollo intelectual y la implicación emocional nos llevan a un estado de satisfacción personal que no se puede, y no se debe, comparar, con el plano económico. Satisfacción, esa es la palabra clave en ambos campos. Ambos son necesarios, lo que ocurre es que en numerosas ocasiones  la balanza se inclina para el lado económico.
¿Por qué? Mire usted, tengo un defecto, y es que necesito el dinero para subsistir. Y fíjese bien que digo subsistir. Sería muy interesante que cada una de las organizaciones o empresas se empeñaran y por lo tanto se implicaran en la consecución de una estructura más humana en su organización y en su forma de hacer. Quizá, si lo intentaran verían que los resultados variarían de manera positiva. Si dejamos de ser máquinas, y nos permiten implicarnos en aquello que hacemos, las respuestas serían mejores, más positivas hacia aquello que desempeñamos y por lo tanto los resultados mejorarían. Si a esto le añadimos un aporte económico adecuado ya estaríamos hablando de un lujo laboral. No quiero creer que pueda ser una utopía ya que hay organizaciones que creen en ello, es su cultura empresarial, y por lo tanto, lo llevan a cabo igualmente.
Hace unos días vi una película, “El método” de  Marcelo Piñeyro. El argumento de la película es un proceso de selección para un puesto de alto rango. El proceso de selección no es al uso, al que estamos acostumbrados, ya que los propios candidatos se tendrán que eliminar unos a otros. Ahí es cuando aparece la verdadera personalidad de cada uno. Estamos en una sociedad competitiva, consumista e individualista donde lo que prima es ser el número uno. Si dejas de ser el primero no existes, pasas al plano de los perdedores.
Sinceramente, yo no quiero ser el número uno; quiero tener siempre esa sensación de que me quedan cosas por aprender, tener esa inquietud intelectual que te mueve a aprender y a buscar. Quizá esa posición privilegiada de estar en la cumbre nuble las metas por creerlas asumidas y por ello no es posible el avance tan necesario.
Siempre tenemos que considerar que trabajamos con personas y que somos personas, no debemos utilizar este término de manera superficial ya que entonces olvidaremos nuestro trabajo y nuestros objetivos. Si consideramos que es así, debemos actuar del mismo modo, tenemos que ser coherentes con nuestra forma de pensar. De nada nos sirve que no haya equilibrio entre pensamiento y acción.
Me gusta la consultoría artesana ya que parte de esta base. Hay coherencia entre su forma de actuar y sus principios, además de tener en cuenta que como humanos cabe el error como forma de aprendizaje. Trabajar con personas así y para organizaciones humanistas, y que se mantienen en ésa línea, es un lujo laboral que posiblemente muchos números unos nunca podrán disfrutar. Esta base tan humana da lugar a una serie de valores éticos intachables. No considero que sea fácil mantenerse en ese posicionamiento, ya que el beneficio, en este caso me refiero al económico, posiblemente no sea el esperado por una consultora tradicional, pero el valor humano y la satisfacción, -otra vez aparece la satisfacción-, debe primar desde el momento en  que somos conscientes de que trabajamos con personas y de que somos personas y que como tales nos regimos por unos principios y valores que nos van  a llevar a alcanzar nuestros objetivos de una manera más coherente con nuestros pensamientos.
Como aprendiz, necesito buscar el valor emocional en aquello que hago ya que de esta forma mi implicación será mayor que si lo miramos desde el plano económico. Si emocionalmente me siento satisfecha el avance será inmediato ya que me plantearé nuevas metas y nuevas acciones que me comprometerán a conseguir otros objetivos. Es simple: implicación-satisfacción.
Pensemos en esto: somos personas y nos gustan que nos traten como tales. Es algo muy básico que deberíamos tener todos en cuenta.

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